El problema no es que Terry sea coja o lo deje de ser. Su puto problema es que es una niñata absurda, consentida y con menos educación que un mono despiojándose en una jaula. Que sus constantes chillidos y graznidos, espantan y sacan lo peor de mí cada vez que la escucho entrando en brote. Y que cada vez que la veo haciendo de las suyas y lanzando mierda contra todo bicho viviente que no le baile el agua, me entran ganas de pegarle una patada en el coño y enviarla para su puta casa sin billete de vuelta.
Tampoco es un problema el que Jhota no sepa hablar y al hacerlo, más que un estúpido e improbable híbrido entre Vallecas y Puerto Rico, lo que parezca sea un pobre imbécil con un evidente grado de retraso. Tampoco lo es el que sea un bocas bravucón y amenace (bien protegido por los de arriba que nos niegan esas imágenes) con que su colega el Moja, le reventará la tripa a Rubén cuando salga a la calle. Básicamente porque el tal Moha (que me supongo que es con “h”), o será otro piltrafilla como él (al que toda la fuerza se le va por la boca) o no será tan rematadamente imbécil como su amigo. El puñetero problema de este tipo, es más bien que es un niñato, pegadito aún a las faldas de mamá (que le hace las comiditas para que al nene no le dé asco), con un complejo de Edipo galopante y mal disimulado, y con un tono de voz y una capacidad para escupir por minuto paridas de la peor especie, mientras una panda de cretinos a los que tiene medido acojonados (dios sabe por qué), se callan como putas para que el imbécil no se cebe en ellos y no los escoja como su siguiente objetivo.
Aunque el problema real de todo esto, es que viendo lo que hay en cada barrio, no me queda más opción posible que, contradecirme una vez más (y las que me quedan) y quedarme a muerte con Yago (y con Chari, Anup y Marta, por descontado).
Y bien sabe dios que el gallego, siempre me ha parecido un tonto a las tres tremendamente sobrevalorado por los que siempre quieren ver oro donde sólo hay serrín. Pero es que visto lo visto en el otro bando, no me quedan más cojones que tomar partido por él, aunque sólo sea por el simple hecho de que es el único que realmente me está proporcionando diversión, aunque quizás su único mérito sea tener un par de neuronas en un puto erial en el que la única que tienen la mayoría de los otros (y me temo que debe ser incluso comunitaria), les sirve escasamente para no rebuznar directamente y para no ir cagándose encima según van caminando.
Y reconozco que me gusta ver a este aprendiz de estratega, bajando al barro, fajándose (a su modo) con esa chusma a la que desprecia (sentimiento que empiezo a compartir y a entender), escupiendo odio y vomitando bilis, lanzando cuchilladas casi sin inmutarse, pero sin poder disimular tampoco, esa mirada de puto pirado medio demente, que parece capaz de descuartizar a su madre y tomarse después tranquilamente un café, con las manos aún cubiertas de sangre fresca. Me encanta ver como provoca (conscientemente) el llanto falso de una Patricia que llora sin una sola lágrima y como después la remata en público, ante la pasividad general de todos aquellos a los que se les llena la boca diciendo lo mucho que quieren y defienden a Vocecita (en privado, eso sí, cuando el gallego no los mira).
Y me encanta verle dormir en el suelo, con ese rostro cada vez más cadavérico de loco enfermo, como si fuese un zombie a punto de salir de su ataúd de madera, dispuesto a devorar los higadillos del imbécil de turno, flanqueado por esos dos zoquetes (Arturín y Ficus) que le siguen como dos putos monos sonados, siempre atentos a cualquier deseo u orden que al jefe se le pueda ocurrir sobre la marcha. Y me encanta ver a Chari, calentándose como un perra, imaginando lo hijo de puta que puede llegar a ser el tipo cuando se enfade de verdad, pero también atenta por si interesa rebanarle el cuello a la menor oportunidad, cuando ya no le interese seguir a su lado o no favorezca a sus fines. Y sobre todo me encanta (sí, otra vez), verle a él junto al indio, planeando estrategias (sin mucho sentido) en la serenidad y la tranquilidad de la suite real, ocupada por Gran Rey y Su Corte de lacayos.
Nada me complacería más que verle derrotar sin apenas esfuerzo a la estupidez aburrida e infantil que representan esos elementos cansinos, insulsos y anodinos que viven temerosos y envidiosos al otro lado (los citados Terry y Jhota y esos dos pipiolillos que apijotan a cada segundo a pasos agigantados, o sea, Marcelito y esa Laura que pierde puntos cada día que pasa). Aunque luego al final no se llevase el premio (cosa que tampoco me importa, porque a día de hoy, prefiero que lo gane Marta o en su defecto esa Sirenita que supondría, si llegase a coronarse Reina, probablemente la ganadora más atípica de la historia de Gran Hermano). Pero creo que el gallego se merece una victoria contundente sobre el otro bando, porque nada me jode más que ver como meten en mi casa a pedazos de mierda del perfil de la canaria y el vallekano. Putos retrasados que esólo saben chillar como cerdos camino del matadero, mientras entonan canciones tan estúpidas como sus aires de monos reconvertidos en payasos de colorines, más propios de guarderías y de jardines de infancia para tarados que de un programa que (aunque muchos lo consideren una puta mierda) debería tratar de no parecer un reunión de gilipollas ataviados con estúpidas gorras de colorines cantando canciones de campamento y tratando de parecer los más malos.