lunes, 6 de diciembre de 2010

La gran familia.

Ya sé que ya no son horas, debe ser que son alardes. Pero el fin de semana ha estado lleno de todas esas tramas múltiples que se entrecruzan y que no hace más que confirmar que, el que no se enganche este año será por motivos subjetivos y personales, pero no por casting (uno de los más ricos, complejos y variados de todas las ediciones), ni por historias variadas e interesantes (el fin de semana, desde la unificación del jueves, está plagado de ellas). Y como siempre suele suceder, lo mejor en mi caso es tirar por la calle de en medio y evitar enfrentarme al ejercicio inútil de tratar de narrar algo claro y coherente.

Lo que sí que lamento de verás es que el público, una vez más decida ejercer de juez y empuñando la espada del castigo y la vengaza, y vuelva nuevamente a cargarse a uno de los que más espectáculo están dando dentro.

Hablo de Arturín Treshostias (método por el cual arregla el vasco en la calle todas sus disputas, según le comentaba hace un momento a Lydia y a Catha, sufridoreas y pacientes asistentes obligadas a una de las matrakas que Meadoro impartió esta mañana), esa especie de borderline norteño que, de no haber sido porque, seguramente, en ETA piden un test teórico para ser miembro de la banda, ahora mismo estaría quemando autobuses o enviando comandos a Lepe o (casi más acorde con su capacidad), arrimando el hombro en plena borregoborroka (que lo de Kale me parece que es menos apropiado para él).

Y es que en esta fascinante historia de mafiosos chuscos en la que Yago, sería más bien Toni Leblanc en "Los que tocan el piano", Arturito el Pazos de turno (cagándola continuamente),Anup y Jhota los pringados coprotagonistas de cualquiera de los tres Torrentes (de Cámara a Gabino Diego, cada cual que escoja el suyo) y Terry una especie de Mari Sampere en "Patrimonio Nacional", zafia y vengativa, es a día de hoy el vasquito el que nos está regalando los mejores momentos en ese papel de naziecologistapazyamor, siempre sobrado, siempre en posión de la verdad absoluta, capaz de dejarnos frases para la historia que, de tan incontables y contínuas, me veo ahora mismo en la imposibilidad de recordar ninguna (al menos de forma literal).

Y el Indio, otro personaje fundamental donde los haya, hipoteca parte de su escaso crédito exterior (porque la peña está ciega y además es imbécil), llorando las penas de sentirse traicionado, acercándose continuamente a unos y a otros (para sonsacar y tratar de quedar de sincero con todo el mundo) y jurando hermanamiento eterno con Yago El Divino, mientras Ruben cada día disimula peor el enamoramiento profundo y las pasiones ocultas y jamás confesadas que el gilipollas supino del gallego despierta en él (y que le hacen reir y empler un tono cercano, amigable y cómplice cuando están los dos sólos, que jamás ha rozado siquiera estando con su presunta novia).

Novia pirada que vaga de barra en barra, trayendo, llevando, liando, inventando, contando verdades casi a pie juntillas, excepto en la parte que adorno y edulcora convenientemente, para no quedar ella mal en ningún momento, situación o lugar.

Y mientras, unos y otros (casi todos), toman partida abiertamente, sacando la mierda del armario y aireándola sin pudor. Y sólo unos pocos, más cautos como Lydia, permanecen en segundo plano, sin armar demasiado ruido, pero mojándose sin estridencias cuando toca, ganando puntos día a día (y tomando muuuucha ventaja en una carrera que, es cierto, es de fondo) y demostrando que, la en apariencia más tonta y cortita, es casi la única con dos dedos de frente en esta función.

Y las moscas se mueven, en torno a las dos moscas reinas (Yago y Caderatxunga, como dice el tonto del otro), dispuestas en su mayoría a apoyar a sus líderes temporales, siempre y cuando interese y convenga a sus fines. Pero cambiando la trayectoria del puñal, en cualquier momento y sin dudar, cuando ven que apuñalar al supuesto compinche es lo más productivo para su estrategia personal. Supongo que es la actitud más lógica y coherente en un juego en el que sólo cuenta ganar y en el que todo el amor y la presunta amistad es cartón piedra que se lleva una simple ráfaga de aire. Un juego plagado de lobos de cuarta, tremendamente torpes, pero enormemente divertidos y hasta tiernos en ocasiones (precisamente por lo zafios y burdos que pueden llegar a ser). Un juego fascinante de medias tintas, escasas pelotas, muy muy pocos gritos y mucha mucha tela que cortar.

Se que el vasco está ya en la calle, pero sólo espero que el siguiente en irse sea uno de los muebles (Dámaso o Catha) por ejemplo y no nos vuelvan a privar una vez más de la juerga sana, en pos de una supuesta justicia divina, aplicada de forma torpe, aburrida y tremendamente humana por todos aquellos que no han entendido aún que esto es una simple mentira con el único fin de divertir y hacer olvidar.