lunes, 13 de diciembre de 2010

Yakuza.

El problema aquí es que la presencia de Mongolio en la casa esta semana, ha hecho desaparecer las noches de Guadalix (al menos la del sábado, que para la del viernes el sueño acumulado hizo imposible aguantar ni siquiera con media docena de cafés en el cuerpo) y por tanto lo único que traigo, son pequeños detalles de las horas diurnas que de poco o nada sirven.

Y como era de esperar visto lo visto hasta la fecha, Mon se queda también con Yago y le busca cuando no está presente. Y el gallego, sentado a su derecha en la mesa, con su hablar pausado y desprovisto de las estridencias habituales en esa casa, le ayuda después a afeitarse la cabeza, conformando una escena que, en su conjunto, más que del clásico de Mitchum, me trae recuerdos de una viñeta con Kingpin (en modo más bondadoso) y Bullseye (sin disfraz pero con similar grado de sicopatía, al menos en apariencia). Sólo que en esta comparación chusca (basada más en la imagen que en la trama en sí), Matt Murdock ni está ni se le espera, Karen Page no aparece ni al final de los títulos de crédito (porque Chari vendería a su madre por una “dosis”, pero su problema es que ni tiene qué, ni sabe cómo vender) y aquí no hay Frank Miller para parir un fascinante drama épico de redención y descenso a los infiernos. Es decir, que no tengo película (ni la necesito), sólo varios cortos encadenados que se entremezclan, regalándome detalles que me siguen enganchando tratando de jugar con ellos y averiguar hasta donde me llevará todo este guión aún a medias de escribir.

Y Ficus y señora, rumian su derrota en la oscuridad de su cuarto, con Marta ejerciendo de paño de lágrimas de la de Cádiz, que trata (casi en vano) de reconfortar a su guerrero, recordándole a cada paso que él es el mejor, el puto elegido de los dioses y que su destino lleva una corona de laureles sobre su cabeza y un jugoso maletín (para compartir), bajo el brazo, sin ser ni remotamente consciente (al menos en apariencia, porque su mirada a veces parece presentir la derrota absoluta) que la hostia del jueves puede ser brutal y que la cara de la Planta en plató, puede ser la perfecta radiografía del paquete simplón que se levanta en una cama del hospital, sin saber ni el cómo ni por qué motivo le han tumbado antes de finalizar siquiera el primer asalto. Y mientras ella (fascinante Lady Macbeth de pacotilla), trata de verbalizar (algo que hace siempre con constancia infinita, con destino a esa platea sin nombre que sabe que la escudriña al otro lado del ojo de la cámara), ante su nueva muy mejor amiga (la gallega de imposible cruce entre Betty Page decente y poco promiscua y la heroína de Avatar), lo malo que ha sido Yago con todos ellos, básicamente porque el Hermida trata de salvar su culo y relacionarse con los demás (algo en lo que él nunca ha engañado a los “suyos” y que lleva haciendo desde que “el mundo es mundo”). Pero claro, tampoco es cuestión de forzar mucho la máquina y confeccionarle un traje a medida. Más que nada porque el camino puede no acabar este jueves y uno no sabe a quién puede necesitar. Y porque además (y sobre todo) Marta si algo tiene de bueno es su lealtad, y no está dispuesta a vender al tipo que tanto admira, ni a las primeras de cambio (si no lo hizo antes, cuando tenía más motivos, menos lo hará ahora por un elemento que forma parte de la esencia del propio juego), ni por un miserable “plato de lentejas”.

Así que, Xxarito, disfraza y tunea su rencor, vendiéndolo como la decepción porque Yago habla menos con su Rey y no le cuida, mima y consuela. Y no se cansa de repetirle al tonto que él es el mejor, el más bello, el tipo con más carisma sobre la faz de la tierra y que su destino inevitable es la gloria final. E incluso le pinta la realidad próxima, decorada con mentiras piadosas (que por momentos llego a pensar que incluso ella misma puede llegar a creerse, de tanto repetirlas), como esa en la que le cuenta que el mundo fuera le adora y que para ejemplo, no tiene más que fijarse en que Mon, nada más entrar, ya se pegó al culo del Ficus al verlo tan maravilloso y especial (algo que, sólo existe en la imaginación de la rubia teñida y siliconada).

Y es tan divertido y fascinante contemplar a este personaje (hablo de Chari) que no puedo más que lamentar profundamente esa probable y estúpida decisión de esa audiencia mongólica y anodina que prefiere mantener en la casa a un payaso sicótico, violento, absurdo y esperpéntico como Jhota, cuyo único y probable “mérito”, sea el de ser un borderline anodino que ha entrado a promocionar su puta y única canción, y que no deja de añorar las comiditas, los porritos y los cariñitos de mamá. Realmente, no puedo ni llegar a entender que tipo de enfermos mentales y de mierdas ven mayoritariamente este programa (y de qué evidentes ansias de justicia divina se sienten imbuidos) para preferir seguir viendo en la casa a un tipo que no sabe ni hablar, que ejemplifica a la perfección la más que probable involución de las especies (comparar a este gilipollas con un mandril que mata el tedio en su encierro despiojándose y rascándose los huevos, sería ser tremendamente crueles y ofensivos con la capacidad intelectual del macaco) y que encima y para más cojones se envalentona y pierde los nervios, faltándose con todo dios y llorando al día siguiente como una nenaza.

Yo por el contario (aunque sea clamando en el desierto, que así parece que me encuentro, rodeado de unos pocos), preferiría seguir viendo (entre otras cosas) a esta pareja en apariencia tan atípica y hasta dañina (con ellos mismos sobre todo) y en el fondo (pienso) tan común y tan habitual. Asistir en directo a sus baños de ego, a sus frecuentes paseos por los infiernos de los celos, a sus miserias, incongruencias y a esa relación tan difícil y especial que, a medida que pasa el tiempo, más me creo y más interés tengo en observar y desmenuzar hasta el final.

Lo que sucede es que quiero observarla dentro de la casa y con esas premisas y bajo ese decorado, en estado casi puro y sin apenas edulcorar (por mucho que traten de hacerlo, basta rascar la superficie). Y no entiendo ni comparto, el interés morboso que puede tener una mayoría en ver la cara de él cuando vea ciertos videos. Porque para mí, en cuanto llegan a plató, apenas me interesan lo más mínimo.

Y porque, en el fondo, después de dos meses, ya les he cogido cariño y no me apetece lo más mínimo que su relación se vaya al carajo e imaginar la cara de satisfacción de esa versión palurda de la ya bastante palurda Tita Cervera, que cada jueves se dedica a supurar odio desde el plató, alentada, como no, por la “adorable” Mercedes Milá.