miércoles, 17 de noviembre de 2010

Amanece, que no es poco.

El circo ha llegado a la ciudad (sí, me repito, pero siempre es un placer citar a los clásicos, coño). Y lo siento por los que reniegan de la función de este año. O por los que no son capaces de engancharse a esa casa en esta edición. Guadalix, bulle de historias que quizás nunca lleguen a copar las "primeras páginas" de los tabloides (vengo fino, me lo noto, joder... será el adviento), pero que se suceden, se entrelazan, nacen y se desarrollan sin llegar a morir sin haber engendrado otras que a su vez se bifurcan por distintos caminos.

Nada de esto, existía el año pasado, siento decirlo. En GH11, a estas alturas, sólo quedaba ya un monólogo casi absoluto (interpretado por dos, cada uno a su manera) y unas cuantas historias (quizás interesantes, no lo niego), pero totalmente ahogadas por la cansina historia principal.

Pero GH12 es una película, absolutamente coral, en el que nadie de momento destaca por encima del resto ni copa la atención de los focos (puede que Patricia, pero ni eso). Y esa es la película que estoy disfrutando cada vez que me siento frente al televisor. La que me dejan ver, lo reconozco. La que sigue castrada por los de siempre (pero mucho más que nunca). Pero ni aún así, la chapuza y la falta de respeto hacia nosotros, ha conseguido matar esas dos casas llenas de vida.

Y además, qué cojones, este puto invento, esta vez es tremendamente divertido. Por poner un ejemplo cercano, ayer por la tarde noche, Laura y un Malaguita casi mudo, protagonizaban (ella sobre todo, aunque él acompañaba con sus silencios) una de las escenas más descojonantes que yo había visto en mucho tiempo. Una vuelta más de ese bucle en el que la de Parla se ha metido, y en el que él, a la chita callando, participa normalmente como mecha de un fuego que no necesita casi ni una leve chispa para entrar en combustión absoluta.

La de Madrid (a la que muchos pronostican un comportamiento similar al de la india de infausto recuerdo), confieso que me cae de puta madre. Excesiva en sus modos, incansable en sus trifulcas, chillona hasta provocar el espanto, acompaña todas estas "virtudes" (que de cara al espectáculo, lo son realmente) con una rara capacidad de llegar a un punto álgido en el que comienza a reirse (quizás comprendiendo lo ridículas de sus movidas), aún sin detener el ataque, pero que quizás por eso, me hace pensar que en cierta forma, llega incluso a reirse de sí misma. A eso, une una capacidad de acercamiento después de la batalla, de la que seguramente muchos podrían aprender y que me hace mirarla casi siempre con ternura y una sonrisa, a pesar de que entiendo perfectamente, que aguantarla durante 24 horas, debe de ser un auténtico suplicio. Pero como por suerte, yo no convivo con ella, ahora mismo me resulta imprescindible, aunque sólo sea para que cumpla esa especie de juramento a lo Taraparliano, que rezaba algo así como "Ojala no me echen y me quede aquí para darte por culo a tí” dirigido a un Marcelo que trataba de pasar y de seguir a lo suyo (sus aparatos de gimnasia...), mientras ella le escupia como una metralleta (no me resisto a trascribirlas, aunque no sean exacatas ya que están sacadas del directo y pierden la gracia si no se presencia la escena), cosas como "Digo las cosas que me salen del santísimo potorro", "Ahora va a ser verdad la maldad de Laura" (y mira que me divierte cuando uno de estos habla de si mismo en tercera persona), "Ahora vamos a estar discutiendo todos los días y si puedo a todas horas a todas horas, para que digas que tengo maldad” (con dos cojones, desata tu furia Mitch...), “A mi no me vacila este niño más y punto, a ver si se cree que soy su mono de feria” (teniendo en cuenta que el origen de la discusión fue, presuntamente, que él le dijo que era una demagoga y ella le replicó con un "No me insultes"), "“Ojala que el jueves no me echen porque me jodería que te salieras con la tuya” (momento en el que se le escapó la primera sonrisa) y, sobre todo, ese alegato final (o así lo pretendía, porque con ella todo es neverending... ya avise de que iba fino de cojones), dirigido a la casa en pleno y que rezaba de esta guisa (más o menos):

"Y ahora me nominais todos por gritona, que me la pela. Que aquí teneis una de cal y una de arena. Es que no sé qué gente han metido aquí este año que ni grita.¿Sabeis lo que va a pasar aquí? Que yo me voy a morir de un infarto de los gritos que pego y que vosotros vais a estar aquí hasta los 95 años. A mí no me va a dar nada ¿qué me va a dar algo? A ese (Marcelo) sí que le va a dar algo de la mala hostia que tiene por dentro, que no la saca."

¿Se puede ser más genial?

Pues de aparte de eso, hay mucho, mucho más de lo que podría hablar. Como de sordos rallados que ya no se sabe ni cuando oyen o cuando se van a empezar a cagar en todo. De un indio que parece cada día más el jefe de la gestapo en versión asiática (o un delator capaz de vender a su madre chivándose a sus amos), de una sirenita que ensancha cada día (y que empieza a ser todo lo que nos prometía su absoluta nada y mucho más), de una especie de pequeño flecha que ya no sabe como hacer para que le graben un puto disco y para demostrar que antes que él, la palabra "maricón" casi que carecía de sentido... y de montones y montones de cosas más. Por no hablar de la pirada de la otra casa, de lo otra pirada de la casa (bueno el juego de palabras ¿ehiiim?... si es que donde hay arte), del retrasado de la gorra, del que va de gran jugador y casi no sabe ni hablar, del viejo baboso de la voz susurrante, de la del flequillo que va de profunda, la coñazo venezolana y la que parece un publireportaje de la casa de campo cada vez que se viste para una gala.

¿Quien cojones puede pedir más?