martes, 9 de noviembre de 2010

Los bandoleros.

Seamos sinceros: no me apetece un pijo escribir hoy. De nada. Es algo puntual, seguramente y viene dado por la hora que es, lo poco o nada que he sacado ayer en claro y un cierto sentimiento de agobio por no poder contar algo que no sea más de lo mismo. Pero como por sabe dios que pacto estúpido que he firmado conmigo mismo (debe ser que por eso está sellado con sangre), me siento delante del puto folio en blanco, a tratar de contar alguna chorrada que me lleve a llenarlo con unas mil páginas (quizás porque aún en el fondo de mí, pienso que a alguien le importa un carajo el mismo cuentito manido que llevo repitiendo desde hace cuatro putos años).

Vamos a ello...

Vaya por delante que me declaro desde ya, fan de Anup. Y sí, puede ser que en mucho influya su acento (ahí le has dado, cerdito), pero también es cierto que me encanta su forma de hacer las cosas, de tratar de manejar los temas y sobre todo ese aire de negociador de la policia de cualquier país asiático, ejerciendo siempre el papel de poli bueno, aunque no deje por ello de hacer su trabajo al coste que sea. Y me encanta Anup por conversaciones como la de ayer tarde, contando que tenía muchas ganas de irse de crucero cuando todo esto acabase y diciéndole (ante una sugerencia de mi Lydia, muslos calientes, que proponía irse los 20 juntitos a pasar unos días sobre el barco rumbo al Caribe quizás) a todos (al aire, a la platea, más bien), con un tono irónico que me pareció descojonante, que él con Julia, no podría irse de crucero y que previamente preguntaría en la agencia de viajes a donde iba ella, para coger él un destino totalmente diferente. Y el caso es que la gitana reaccionó bien (y en eso me gustó) y le siguió la coña. Y el otro supo también frenar y cambiar el tercio antes de que la cosa se fuera a mayores.

Y en esa casa Blanca, sólo me queda además de él y de la Sirenita (dulce, siempre luciendo sus abundantes carnes, casi una muñequita de los años 50, toda curvas, mirada casi vacía pero tremendamente tierna e interesante de observar), esa historia que es, pero que no es y que quizás pudiese llegar a serlo, entre el Malaguita y la Laura del mismo Parla, en la que, por mucho que lo quieran disimular, el calentón es notorio, Samu debe estar subiéndose por las paredes y el chaval que lleva semanas ya con los huevos bien cargados, no sé como coño no empieza a hacer agujeros por las paredes cada vez que la otra se le acerca reclamando contacto, cariño y amistad. Aunque sobre todo, la morena reclama (sobre todo) una cierta adulación por parte del casi crío. Porque me da que, o siempre ha estado muy falta de ello (más que de adulación, de una mezcla de esta con ternura) o simplemente lo necesita casi como el comer.

Y en la casa de colores, los dos grupos cada vez cierran más las filas. Terry resulta odiosa, solo con mirarla y Jhota aún me sigue haciendo dudar de si no se llevó algún golpe muy fuerte en la cabeza de pequeño, porque me parece que este tipo es imposible que tenga algo bajo la gorra que se pueda considerar normal y que no tenga realmente (y en serio me hace pensarlo en muchas ocasiones), un cierto grado de retraso. Patricia, sigue a lo suyo, desgranando palmo a palmo su biografía, aderazada con su amplio e inagotable repertorio (puede con todo la hija de puta, canción española, pop de siempre e incluso hasta algún hit internacional) y la posibilidad de que el resto tuviese que soportarla durante cinco largos meses, me resulta una deliciosa tortura que no me gustaría perderme de ninguna forma.

Y Chari, trae y lleva, y mientras va y viene se mira en todos los putos espejos, amándose y viéndose la muñequita preciosa de la fiesta, tan sincera ella, tan zorra y tan falsa que las mata todas por detrás. Y no es que Yago (nuestro Yago), no sea tambíén un zorro tremendamente astuto. Por supuesto que lo es (sería estúpido negarlo porque esa es su gran virtud). Lo que sucede es que este zorro no va de bueno por la vida como la otra (más bien todo lo contrario) y que además me cuenta su juego y no lo esconde rebozándolo en virtud y en franca sinceridad.

Y es que el gallego, que empezó siendo un puto imbécil (cuanto daño le hacía la compañía de Oscar), va día a día, convirtiéndose en el elemento más fascinante de la casa. Un tipo al que me encanta observar, más aún de lo que a él le encanta observar en silencio cada detalle que sucede a su alrededor. Con esa facilidad que tiene (encima) de enterarse de todo, pasándose como se pasa casi todo el puto día metido en la cama, en pelotas y cubierto por una sábana. Y esa imagen, de Don sereno en su aposento, al que unos y otros vienen casi a rendir pleitesía (y sobre todo a informar y casi a buscar en él ayuda o consejo), me parece sencillamente genial. Mientras el capo, digiere la información, la procesa y remata con alguna frase (parca casi siempre), algún tirito irónico (unas veces con buena intención, otras, las mejores, con puta mala leche), siempre tratando de sacar provecho de cada situación.

Se que es muy jodido que este tipo gane. Fundamentalmente por recelos absurdos y por integrismo de los que aún no se han dado cuenta de que esto no es un juguetito para pajitas literarias o el puñetero Santo Grial, si no un programa para cotillas, de pura diversión y entretenimiento (en el que el Espíritu nos enseña que todo vale con tal de mantener la audiencia para que el circo pueda seguir abierto, porque payasos para divertirnos, en la calle nos sobrán y todos están dispuestos a entrar). Pero si algo bueno tiene el que no haya un puto euro en la calle, para gastar en sandeces de mensajes para contentar al judío que lleva la caja de T5 (el miserable que nos ha capado el 24 horas en el Digital y que se debe de correr con la mierda que, presuntamente, debe recaudar con lo que saca por los tontos que aún pagamos a menudo por verlo en la web, a pesar de que te timan dos llamadas de cada tres), es que este año, más que nunca, cualquiera puede ganar.

Y a mí (ya me mojo sin tapujos) me encantaría que ganase el gallego.

Y juro que jamás pensé que llegaría a decir algo similar.