Hoy me temo que toca día de paja mental. Básicamente porque tampoco he visto ningún movimiento nuevo destacable. Y también porque me apetecía pararme un poco y sentarme a pensar.
Y cada vez que miro esa casa y las docenas de historias que se desarrollan dentro de ella, y como esas historias se entrecruzan entre sí, la palabra que con más fuerza me viene a la cabeza es falsedad.
Mucha gente se queja de que este circo no les engancha, de que no hay ninguna historia que destaque por encima del resto, buscando quizás el estruendo, los héroes y los villanos. Y yo para nada comparto ese interés, porque el estruendo pasa pronto y luego suele llegar las más vacía y absoluta calma, mientras que en este teatro que a diario veo en la pantalla, lo que observo es una película coral en la que todos los personajes tienen su cuota de protagonismo. Y aunque cada uno es de su padre y de su madre y todos ellos son muy distintos, hay algo que los iguala (y que precisamente evita que estalle la tempestad salvo en momentos muy puntuales): la calma basada fundamentalmente en la más completa y absoluta falsedad.
Pocas veces he visto un grupo que resulte tan sosegado, tan en apariencia tranquilo y correcto y que esconda tanta mentira, tantas alianzas entrecruzadas y de rápida caducidada, tantos chacales y zorros espectantes para arañar centímentros en busca de arrebatarle al otro su presa. Y al mismo tiempo, tanta torpeza en sus acciones, después de tantos años de formato, incapaces de aprender el ABC de este programa, cayendo en los mismos errores que tantos antes cometieron, victimizando a unos, tratando de formar el grupo mayoritario, tirando siempre por el camino más fácil, más inmediato y también más equivocado.
Hace años, hubo en esa casa un Maestro que con tres reglas básicas del juego (esto no es tampoco una tesis doctoral y en el fondo, se resumen en las emociones básicas que siempre han tocado las diferentes teclas del alma humana), enseñó el camino a seguir para llegar primero a la meta. Obviamente (y con todo merecimiento), desgranó los simples movimientos necesarios para avanzar en el tablero y fué tan sumamente didáctico en su labor, que la dejó explicada para todos aquellos que quisiesen aprender de ella. Pero por suerte o por desgracia, ninguno de estos unineuronales que año tras año aspiran a algo entre esas paredes, ha mostrado la más mínima capacidad de seguirlas.
Y así, en la presente función, probablemente más que en ninguna otra (y ese es el atractivo irresistible que me tiene completamente enganchado), los sirleros de baja estofa, los matones baratos, los aprendices de la nada, los aspirantes bastardos, las muñequitas de mirada falsa, las princesitas de voz pausada y monocorde, los esperpentos deformes, las barbies superstar de saldo, las niñas buenas con trencitas falsas, las chonis de siempre, los estrategas de cuarta, los babosos de tercera y los pirados de segunda, dan forma a ese extraño baile de cuervos, que en una danza constante, reparten tímidos picotazos sin orden ni concierto, tratando de asestar golpes mortales sin conseguir más que llevarse en cada bocado pequeños pedacitos de piel y carne. Y todos siguen peleando, repartiendo estocadas que rara vez pasan de arañar el aire, condenados a luchar entre ellos, pactando ahora con uno, apuñalándole a los dos minutos por la espalda y volviendo luego a recorrer el mismo camino, con nuevos aliados y a la espera de dar otro giro en el camino que les lleve a reencontrarse y a volver a pactar con quien hace nada habían desechado.
Y esta es la comedia y el guión no escrito. Y la partida no hace más que finalizar a cada paso para volver a empezar casi de cero, con viejos rencores que no importan demasiado, porque al final, todo el mundo es consciente de que, a la meta, sólo uno podrá llegar el primero y todos y cada uno de ellos están dispuestos a pisar a su madre o a pactar con el diablo para ocupar ese puesto reservado al que sea capaz de aplastar a todos los demás sin que parezca siquiera que lo ha intentado. Con una sonrisa en los labios, luciendo dientes y tratando de parecer el más noble, el más bueno, el más humano.
Así pués, las cartas ya están echadas y cada día se reparten nuevas manos.
Y el que no quiera ver el partido, que no lo compré. Pero yo pienso seguirlo sin pestañear y sin dejar de disfrutarlo.