martes, 2 de noviembre de 2010

Underworld evolution.

Yo entiendo que no a todo el mundo le guste esto. Es más, entiendo que haya gente a la que este circo le horrorice y le espante o le parezca simplemente un programa basura para deficientes mentales.

Pero es que a mí, después del día de ayer (en el que estuve casi ininterrumpidamente conectado a la 7 y a los piratas, más de doce horas seguidas), este vicio me ha vuelto a atrapar sin remedio y lo único que lamento es tener que trabajar y dormir y no poder dedicarle las 24 horas del día, sin pensar ni hacer absolutamente nada más.

Y lo peor del caso es que, de momento, ninguno de los ratoncillos me cae realmente mal (eso sí que es Síndrome de Estocolmo y lo demás son pijadas). Si acaso (y no en todo momento) esa Julia que con sus modos asquerosos confunde sinceridad y claridad, con llo que simplemente es falta de educación y ganas de hacer daño sin motivo justificable alguno. Pero vamos, que la tipa esta poco o nada me interesa. Y aunque en la casa blanca ya estoy cogiendo incluso algún favorito especial (Marcelo y Laura, sin ir más lejos... pero esto cambia cada tres o cuatro horas jejeje), todo lo que realmente me atrapa, la esencia pura de Gran Hermano, está en esa casa de colores en la que los tópicos de cada edición se suceden, para alimentar a los locos que cada año necesitamos nuestra droga directamente en vena y sin apenas cortar.

Ayer, como casi todos los últimos días, todo giraba en torno a la comida. Y a partir de tan manido motivo para discutir (y para demostrar que en el fondo son casi todos, aparte de unos vagos redomandos, unos niños de papa, porque como bien decía Marta "Aquí no nos van a dejar morir de hambre"). Y todo empezó ya por la mañana, a eso del mediodía, con Joaquín sacando su tema favorito a la hora de comer (lo mucho que él se desgasta en la prueba, mientras muchos se tocan los cojones y lo poco que tiene para llevarse a la boca.... y no será porque Marta no se lo pone en bandeja cada tarde, a eso de las 6... que diría mi querido Victor Coyote... más o menos). Y ya me es imposible recordar cuantas moscas acudieron a tan goloso panal de rica miel, pero sí que tengo claro que Jhota, como siempre (ya lo vimos en el resumen de ayer, con imágenes del sábado por la tarde... eso sí que es información on line... aunque en esta ocasión, no sea culpa de los responsables), fué el que acabó perdiendo los nervios (aunque de forma gloriosa los perdió con su odiada Mireia por la tarde en un "Tú a mí madre ni la menciones!!!!!!!!!!!!!", aún mucho más forzado y pillado por los pelos, no venía a cuento de nada, que lo del famoso hijo de la legionaria en la refriega con Melitona), y cada día resulta más divertido e imprescindible por lo tocapelotas que es en cada paso que da (lástima que sea carne de cañón a la primera vez que esté nominado). Y a ese enredo habitual que tiene como excusa lo de llenar el estómago, también se unió Chari, esa viborilla bien queda que le da la razón a todo dios por la espalda (primero a los unos que critican a los otros, y más tarde a los otros que critican a los unos) y que, aparte, ya está preparando su ruptura sin tapujos en cuanto salga (es que ya no siento, no siento), mientras el zoquete del sosainas de su novio anda haciendo planes de boda (jajajajaja, por dios, que nos hagan un video montando las espectativas de cada uno, que necesito reirme a gusto). Mientras Terry nada sin saber muy bien en que orilla quedarse (aliándose a muerte con Jhota un día y teniendo roces contínuos con él al siguiente), Mireia trata de organizar aquello como su fuese la profesora de un instituto y los demás simples borregos que deben acatar sus órdenes y hacerlo todo como ella manda (pero sin alterarse nunca... que ella es una señora), Flor es la única que realmente, curra mucho y come poco, sin buscarse líos y sin crear malos rollos por nada (vale, sí lo de Yago... pero eso fue una chorrada que se le pasó en dos minutos).

Y entonces se levanta el Dios Yago (conviene recordar que él y su pandi, hacen la prueba por la noche y duermen por el día), con toda su chulería a cuestas (me encanta este tío, joder... y por culpa del cretino de Oscar no lo ví hasta que él se piro a la puta calle), con su escudero Feroz y su secretaria y chica para todo (hasta para tener la bronca del siglo y acabar abrazados luego), Catha. Y Marta se despereza, se va a frotar un poco con el abuelo Joaquín (el de las llagas y los estigmas, pobrecito lo que cuesta alcanzar la santidad), que ya ha acabado de dar el parte de movidas del día al General Yago (al que se le debe rendir pleitesía y con quien se debe despachar mientras el está tumbado en la cama, recien despertado, que es la mejor forma de tocarle las pelotas a cualquiera y más al gallego, que siempre va a su puta bola, usando su retranca para decir sin que parezca que está diciendo, pero que tampoco busca meterse en ningún tipo de conflicto y siempre suele hacer gala de una paciencia infinita).

Y después, obviamente, llegue el contra parte de la parte contraria. Con Jhota contando las mismas historias del anciano, pero arrimando el ascua a su sardina (como hace todo dios y no solamente en esas casa). Y Feroz asiente, y tampoco quiere mojarse, porque en realidad, él se lleva de puta madre con el de Vallekas y siente un gran aprecio por Joaquín (lo cual en apariencia es recíproco). Y es entonces cuando la Porteña (la más lógica y normal de toda esta milonga) ronea con el boxeador, confiesa la gran estupidez que le parecen todas estas absurdas discusiones y se pega un buen baño en el jacuzzi para deleite de los que están detrás de las cámaras.

Y sí, seguramente será más de lo mismo, la misma comedia con distintos actores de cada año. Pero realmente, cuando algo funciona, es de imbéciles tratar de cambiarlo. Y por mucho que todo pueda sonar a viejo, a mí cada año me sigue resultando completamente nuevo.