En toda película con intenciones de ser mínimamente interesante, en general debe haber un villano a la altura de las circunstancias. Un tipo ruín y cruel que suscite el odio de la platea y contra el que los espectadores puedan descargar toda su ira y rabia contenida, quizás para así poder incluso sentirse mejores personas. Si a estas características le unimos un grado de inteligencia superior al del resto de los actores, un algo especial que le haga parecer brillante frente a unos héroes estúpidos y anodinos, el tipo conseguirá (contrariamente a lo que sucede con el villano torpe, gris y tosco), suscitar la simpatía y un cierto morbo hacia lo oscuro que termine en una especie de admiración.
Centrándonos en esta historia que estamos viendo (y bajando un poco el tono de las pajas mentales por el que parezco estar poseido últimamente, supongo que ansioso y caliente como un perro salido), obviamente no hay buenos. Si acaso hay personas a las que, por inutirles mayor sinceridad y trasparencia, estamos tentados a otorgarles ese rol, casi por desesperación, siempre huérfanos algunos del héroe perdido. Pero lo que sucede es que en esta ocasión, supongo que porque por fin me he enterado de que va esto, no sólo no busco ningún héroe (que todos me han salido ranas y los piratas donde mejor están en su puta casa), si no que espero que no aparezca nunca. Y si aparece, espero que le arranquen la cabeza de cuajo bastante antes del desenlace del cuento.
Y en cuanto a villanos (aún considerando que esto, tal vez por suerte, no es ninguna obra magna escrita por el primo Willy, que ese sí que sabía parirlos fascinantes hasta las putas entrañas), en esta telenovela, hay muchos y de muy diverso pelaje (con un objetivo idéntico, eso sí).
Tenemos a la villana sórdida y gris, salida directamente de la España más negra (que no viene a ser más que la versión patria de lo que siempre se ha dado en llamar la America profunda, aunque con unas notas de costumbrismo muy nuestro, que en mi caso lo hacen hasta más atractiva que cualquier paleta de un pueblo perdido de Texas), encarnada por esa Charito imprescindible, Lady Macbeth casposa, sobrina bastarda de las inolvidables Luciana y Angela Izquierdo, maquinadora y falsa, celosa compulsiva y enfermiza, amargada y envidiosa dama, incapaz de asumir que en el reino, hay alguna que es más bella que ella (en este caso muchas, practicamente todas).
Y también está el villano casi estúpido (unineuronal, para que engañarnos), cuya mayor gracia es el creerse más listo que nadie y ese sentido del humor que, muy de vez en cuando, consigue dar en el clavo. Hablo de Yago, obviamente. Un tipo que, como amigo (o simplemente conocido), me resultaría practicamente repulsivo (a pesar de su rotunda e innegable belleza) y despreciable pero que, en esta función, me parece tremendamente necesario (y hasta atractivo), aunque sólo sea para reirme de esa infinita estupidez (que el sueña estrategia ajedrecística) y de esos aires de Mefistófeles de cuarta que exhibe, perfectamente maqueado, pertrechado tras sus oscuras gafas de sol, en medio de la oscuridad de la noche, siempre atento a la pose que le haga parecer el malvado definitivo.
Pero sobre todo (y por encima de estos dos y de todo los demás), yo me quedo con ese pícaro tan español (y tan tan del sur y que nadie se ofenda, que en el norte también los hay de esta clase, pero el clima los produce con otras taras diferentes), más falso que Judas vendiendo a su divino Maestro. Don Juan trasnochado en busca de sangre fresca y novicias de carnes prietas, que interpreta y vende ese papel de hombre afable, abierto, franco y sincero, siempre leal (hasta que ya no interesa) y que, mucho me temo, si en algo no nos engaña, es que es exactamente igual en su vida diaría que ahí dentro. Ese Joaquín, nieto de aquel Juncal del "porvete" y del Gran Humberto Janeiro, siempre con su sonrisa aceitosa y su voz pretendidamente melosa y llena de babas rancias, capaz de acariciarte ahora y clavarte un puñal por la espalda al instante siguiente, sin que le tiemble la voz y sin que dejen de brillar sus dientes de Pedro Navaja (sin el de oro), pertrechado en el zaguán. Un tipo imprescindible capaz de regalarnos muchos momentos de gloria, mucho más necesario en este teatro que esa Laura que poco más dará de así y cuya única virtud (mostrarse siempre a corazón abierto), me parece demasiado obvia, aburrida y falta de interes a estas alturas como para que me apetezca que se salve a costa del otro (lástima que la decisión de la audiencia esté entre estos dos, y que imbéciles anodinos como el Malaguita o Rubén jamás salgan a la palestra).
Un Joaquín que en mi pequeña mente enferma, emparenta directamente (con bastante menos clase, eso sí) con aquel Michael Caine de "Un par de seductores", pura apariencia y teatro, vividor de cuarta siempre al acecho del timo perfecto, un hombre capaz de vendernos ahora (intentarlo, porque el timo no cuela) que lo de los pactos y las murmuraciones, no era si no un invento de otros, al que poco menos que él se vió arrastrado sin querer ,y que ahora parece encantado de vivir en ese mundo de Oz, cual Papa Pitufo pelín salidorro y cachondo, rodeado de niños buenos (y niñas puras), a los que, por mucho que lo disimule, se nota que mira con profundo asco (porque los ve como a grotescos monstruos de feria) y desprecio. Coño, pero si hasta se presta y parece encantado de participar (y hacer el imbécil) con ellos en sus "divertidísimos" juegos.
Ese Joaquin que vende por casi nada a la que hasta hace poco era su compañera de juegos, que no deja de soltar una puñalada tras otra contra Charito (muchas de ellas empapadas de un inevitable tufillo machista), y que ejerce de hombre franco, campechano y enemigo del conflicto (pese a que reconozca, para que se le vea aún más sincero, que él está compitiendo, como todos los demás, pero sin pisar a nadie, eso que quede bien claro). Un tipejo en el fondo entrañable (para verle en esta comedia, obviamente, no para compartir confidencias ni nada que se le parezca), que estoy seguro de que si le dejan ahí dentro (y los votante no se cubren de mierda con otro de sus temibles ejercicios prácticos de ceguera), puede ser incluso el que dé más juego. Y el que quizás, con esa estrategia disimulada de trampas y esa capacidad de engañar a los estúpidos de sus compañeros, más me pueda divertir.
Y falta va a hacer gente que nos divierta, puesto que el final, ya cantado, a mí por lo menos no me va a divertir en absoluto, y con resúmenes como el de ayer y con un imbécil absoluto, como es ese gilipollas de Yago, probablemente de los cerebros más atrofiados que han pasado por esa casa, proclamando a diestro y siniestro lo buenísima persona y lo encantador que es el retrasado del Ficus (sólo por joder y hundir a Xxarito, que a este... y a unos cuantos más, como el mamarracho de Jhota, que se dedicaron también a tratar de joderla a ella, la cabeza no les da para pensar más allá de la nominación siguiente), creo que el primer puesto está ya más que decidido.
Así que... por lo menos que me dejen disfrutar mientras tanto.