La verdad es que no tengo ni puñetera idea de donde empezar. Me es imposible abarcar todas las pequeñas historias que he podido ver en estos dos últimos días. Y dado que el 24 horas sigue machacado (cercenado, censurado por una realización que corta absolutamente todas las conversaciones, privándonos del "completo") y que la información que se nos roba abiertamente en los diarios, es fundamental (para comprender muchas historias que no acaban de encajar, incluso hasta chirrían, por la falta de todos los datos necesarios para componerlas y ver lo que está sucediendo y por qué vemos a veces comportamientos en apariencia fuera de toda lógica), no puedo más que dar brochazos casi en el aire, sin poder llegar a nada, simplemente, dejándome llevar y escupiendo todo un montón de detalles faltos de cualquier tipo de conexión o esqueleto.
La casa blanca, es de lejos la más falta de todo. Quizás influya ese color que le da a todo un aire hostil y lleno de frialdad, pero las historias que allí se desarrollan, aún siendo apecibles en ocasiones, resultan mucho más aburridas y mortecinas que la de la casa de los colores.
En ambas, el hambre les ha obligado a todos a empezar a mostrar sus cartas. Y aunque en general, todos ellos dan un perfil tranquilo que les impide mostrarse (o explotar abiertamente), ha sido la bendita falta de comida la que nos está permitiendo ver (y medio intuir), una multitud de movimientos sin fin, de tímidas alianzas, acercamientos, cruces entre unos y otros, que tejen una complicada red casi imposible de desenmarañar (por la falta de datos) pero tremendamente apasionante.
Y es en esa casa de colores llena de vida, donde por fin ha llegado el auténtico Gran Hermano. El de los tópicos, el de las conversaciones intrascendentes, el de los susurros apasionantes, el que es pura delicia y puro orgasmo para los mirones como yo. En el que nada es lo que parece y la superficie no sirve más que para confundir y enredar y al mismo tiempo, nos provoa y nos incitaa a romper ese cascarón para cruzar el espejo, tratando de hundirnos y nadar en esas aguas densas y tremendamente poco claras, que requieren de tiempo y ganas de dejarse llevar y partir de mil puntos para tratar de llegar a algún nudo medianamente claro y seguro.
Nudo al que no llegaremos, porque todos los nudos están cambiando, se mueven y se entremezclan con otros dejando rastros de sus formas anteriores por el camino... joder... bonita e inútil paja la que llevo desde hace doscientas líneas para llegar a la única y puta conclusión de que en este circo, esta vez, no veo nada de nada claro absolutamente nada (excepto a Feroz, claro está, la Puta Estrella de la Función por el momento).
En este momento, no tengo ni puta idea de la solidez de la alianza entre Terry y Jhota (o si esta se ha roto en pedazos tras un reproche de ella ayer tarde en relación con la bronca por la comida de la tarde anterior), de si la verdadera aliada de este es esa Chari que parece nadar en todas las aguas sin mojarse demasiado en ninguna, si la mayoría no soporta a Mireia (o si simplemente no les cae del todo mal pero les toca los cojones sus ansias de sargento organizador), si Marta sabría decidirse (llegado el caso), entre apoyar a un Joaquin al que come la boca o a un Yago al que le hace la comida y con el que todos son risas y buenas caras. Tampoco puedo saber qué piensa Flor (el personaje quizás más complejo y atractivo de toda la edición) y qué parte de su calentura es real y qué parte es pura búsqueda de fama y dinero fácil afuera con el que apuntalar una vida que se intuye llena de fracasos de rimel corrido, lágrimas y polvos borrachos buscándo aplacar humedad y soledad a partes iguales. O quizás esté totalmente equivocado con ese acento que sabe a puta magia, y pretenda montarme un tango atroz, con olor a sudor y a coño y pintar a Margot, bailando como una rubia loca (aunque mucho olfato debo de haber perdido si esos ojos que han aprendido a engañar para sobrevivir, esta vez lo consiguen y me engañan). No tengo nada de nada, porque excepto Mireia y una gris (cansina y hasta mezquina Catha), todos los demás me seducen aunque sea en pequeños detalles que sirven para tratar de entender (sin éxito) el conjunto.
Ahora mismo, todo hierve, los lazos se unen y se separan en breves instantes. No hay nada seguro y todo está aún por germinar (y lo que nos queda).
Y lo único seguro es que Feroz reina por encima de cualquiera y es un puto imán que atrae mi atención y mi mirada cada vez que se le intuye cerca, aunque esté incluso fuera del plano de la cámara. Y supongo que es muy difícil intentar explicar la fascinación total que el personaje me produce y más a quienes incluso pueden sentir un rechazo frontal ante una superficie en la que parecen encarnarse docenas de tópicos. Yo a esos, les pediría simplemente que observasen su mirada y ese fondo de ternura y de niño grande que es evidente simpemente con fijarse y desprenderse de un montón de prejuicios que en este caso carecen de sentido arañando mínimamente la superficie o, simplemente, observando el tono y el lenguaje de los gestos. Porque bajo la fachada (real) de quien se siente orgulloso de haberse conocido (sin por ello despreciar a nadie ni hacer de menos a los demás, a quienes casi siempre les dedica palabras de comprensión y cariño, tanto de frente como a la espalda), brilla de forma clara y limpia un niño grande, con la inocencia de sentirse casi el héroe y el más famoso del barrio (con ese "Benidorm es tuyo" que cuenta emocionado que le cuenta su "gente" de Madrid, cuando llega a sus dominios y él les pasa a todos los garitos de moda por la cara) y con los sueños intactos de llegar a ser una figura, de triunfar y de ser ese puto amo del que todos quieren ser amigos y tener como colega. Un niño que confiesa con los ojos brillándole, como de crío (cuando era el más duro de su barrio, "un tipo peligroso" vestido de negro y que iba a toda velocidad), se tiró dos años escuchando a escondidas a Camela (después de aficionarse a ellos de tanto copiarles sus cintas a las chavalitas que conocía con su cassette de doble pletina) y ahora es capaz de cantar sin rubor a duo con Marta todas las letras que recuerda, mientras la argentina de la mirada sucia y calentorra, le ronronea, enroscada a su cuerpo, buscando con disimulo frotarle la polla con su pierna y que deje de una puta vez de cantar y le haga el caso que su entrepierna le reclama. Un crío que sueña con llegar a Supervivientes y que flipa con llegar a ser el Rey de la Isla y entrar de una puta vez (si con GH demuestra que genera audiencia) y no quedarse a las puertas como este año (en el que lo dejaron de suplente y le relegaron en favor de Rafa Mora).
Y tantas y tantas cosas que me tienen enganchado de él y me producen una ternura infinita que, por desgracia, me temo que no producirá entre esos pocos que aún votan y deciden quien gana.
Pero de momento, aún me quedan por lo menos once días más de Feroz en estado puro (y muy mal se tiene que dar para que no aguante unas cuantas tandas) y sólo pido que lo de últimos días, en general, no sea un mero espejismo transitorio propiciado por la nocturnidad de la prueba y que este circo de incontables pistas siga y siga cada día abriéndose poco a poco y dejando regueros de historias que seguir y tratar de desenmarañar con poco éxito, pero sin olvidar que lo importante del viaje, sigue siendo el camino y que el destino final, no es más que una simple excusa para ponerse en marcha.